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Viaje por Senegal (2009-2010)

Lo que sigue son las seis notas que publiqué en mi antiguo blog sobre el mejor viaje que he hecho en mi vida.

Un brownie en Casablanca, primeras notas desordenadas de un viaje por Senegal

(29 diciembre de 2009)

Tomé muchas de estas notas el día de navidad en el aeropuerto de Casablanca, ahora ya llevo unos días en Senegal.

Estoy en la terraza del Hotel Cap Ouest en Yoff Virage, muy cerca del aeropuerto de Dakar. Me llega la brisa del mar y está atardeciendo, hay unos chicos haciendo ejercicio en la playa, es un momento de esos que quieres quedarte en la memoria.

“El hecho de haber realizado trabajo de campo es como una licencia para ponerse pesado.”

Esta frase la encontré en las primeras páginas de “El antropologo inocente” del antropólogo británico Nigel Barley. Es algo que uno que tendría que tener presente cuando va a relatar un viaje exótico. Si lo piensas, a veces ni siquiera nos hace falta hacer “trabajo de campo” para que nos pase, basta con haber hecho escala en una ciudad y ya no hay quien nos soporte en las conversaciones de café. Nos convertimos en expertos mundiales en la materia y no podemos contener el famoso: “perdona, pero yo he estado allí”.

Con esta advertencia a mi mismo, comienzo estas notas sin orden.

Casablanca es una de mis películas preferidas, me acordaba de la escena final cuando el avión aterrizaba. Atravesé rápidamente el control (con correspondiente extorsión de un policia marroquí) y el resto del tiempo lo pasé en la sala de espera, donde me tomé más de un café y tuve tiempo de sobra para impresionarme con la variedad de clases, razas y nacionalidades que deambulaban por el aeropuerto.

Al final uno viaja para hacer las mismas cosas de siempre en lugares con nombres nuevos en los que se siente aún más extraño. Yo debo parecerme a aquellos ingleses de la época victoriana que se tomaban su té de las cinco con todo su ceremonial estuvieran donde estuvieran. He mantenido este ritual de café y periódico en todos los lugares en los que he estado, por más que el café fuera pésimo y el periódico un Herald Tribune atrasado y amarillo.

El café del aeropuerto no era tan malo y los periódicos eran dos marroquis en francés que entendía parcialmente (aunque más de lo que esperaba). Para compensar esta amargura de la comprensión parcial me atreví con un brownie que estaba buenísimo.

(En los países africanos que fueron colonia francesa los pasteles son buenísimos. Pasa también en Senegal: hoy me han dado unos profiteroles con chocolate y vainilla de postre y se me cerraban los ojitos de la alegría.)

Ha sido un acierto traer el portátil porque es muy cómodo para tomar notas, con todos los respetos a san Moleskine: tomar apuntes en un cuaderno con pluma es más romántico, pero una vez que te puedes sentar a escribir, tener un pequeño portatil con un teclado que conoces (con ñ, tildes, etc) es un lujo.

Los africanos subsaharianos son sumamente elegantes, combinan cualquier cosa sin complejos pero el resultado es fantástico. Son guapísimos. Tengo la terrible tentación de comprarme unos zapatos de piel de colores y un bombín gris.

No sé como fue el rodaje de Casablanca, aunque me suena que habrá sido integralmente en Hollywood. La ilusión del cine, de la ficción. Sin tres dimensiones ni hierbas varias también es posible transportar la gente a otras realidades. Recuerdo Vania en la calle 42, excelente demostración de la fuerza del teatro, de la palabra, del gesto, para llevarnos a otro mundo.

Conocí a un chico de Casamance (una región al sur de Senegal), en el avión hasta Casablanca, vive en Rubí muy cerca de Barcelona, hemos quedado en Barcelona, en el Teranga, mi restaurante senegalés favorito.

Veo unas fotos del puerto de Casablanca a finales de los años 20 y me recuerdan a mi querida Santa Cruz de Tenerife en esa época. Ya me había pasado en Tunez, en Tunis, la capital, que está llena de laureles de indias. Hay un África que me enseño a ver Albert Camus, otro africano que luego vivió en Europa. Me encanta esta frase de uno de sus libros: “En África, el mar y el sol son gratis”.

Me gustan mis zapatos nuevos, anoche los llevaba en una fiesta en la que había chicas con tacones y hoy pasearé por Senegal con ellos. Cada vez me gustan más las cosas que sirven para todo, como esta maleta que he llevado a reuniones muy serias pero luego he arrastrado por medio mundo.

Y hasta aquí las notas que tomé en el aeropuerto de Casablanca, luego, tras muchas horas de espera embarqué en el avión hacia Dakar. A mi lado había un hombre inmenso y una señora que era la versión senegalesa de aquella señora de grandes pechos que salía en Amarcord, se estuvieron riendo todo el rato, yo por supuesto no me enteré de nada porque hablaban en Wolof.

Este texto lo escribí ayer (28 de diciembre), hoy me voy hacia el sur, cogeré esta tarde un barco hacia Ziguinchor en la Casamance. Estos días me han servido para adaptarme al país, tengo esa sensación doble de que han pasado muy rápido pero ya llevo meses aquí.

He conocido a gente fabulosa estos días, ya hablaré de todos ellos con más detalle. El hotel ha sido una fantástica elección, caro, como todo en Dakar que es una ciudad carísima, pero mucho mejor que lo que se puede conseguir por este precio. Muchas gracias por el consejo Jordi!

Hoy me he sentido realmente ligero y seguro, me molesta muchísimo no saber francés, es algo que tengo que remediar cuanto antes.

Cambio mi ruta original y dejaré Saint Louis para el final, las razones por las que la he cambiado las encontré en este párrafo del libro de Barley:

Había llegado el momento, si es que no estaba más que pasado, de trasladarme a un poblado. Los dowayos se dividen en dos tipos, los de montaña y los del llano. Toda la gente con quien había hablado me había instado a vivir entre los del llano. Eran menos bárbaros, sería más fácil conseguir provisiones, había más que hablaran francés y tendría menos dificultades para ir a la iglesia. Los dowayos de la montaña eran salvajes y difíciles, adoraban al diablo y no me dirían nada. Sobre tales premisas, el antropólogo no tiene más que una elección; naturalmente opté por los dowayos de la montaña.

En rigor a la verdad, toda la gente que conoce el país me ha recomendado visitar la Casamance, es un territorio no recomendable según todas las guías y los ministerios de exterior pero me he documentado todo lo que he podido y no es cierto que no pueda irse. Tendré un guía local conmigo todo el rato y viajaré en barco (esto último lo recomiendan mucho). Vamos hacia el sur.

Budismo y naranjas en el barco hacia Ziguinchor

(31 diciembre de 2009)

Estoy en el barco camino de Ziguinchor. Todo esta impecablemente organizado, es un barco nuevo que sustituye al anterior que se hundió. Así somos, la previsión no es lo nuestro. (Pero no quiero bromear con esto, aquello fue una verdadera tragedia en la murieron casi tantas personas como en las torres gemelas, de otra clase claro, de otra clase…)

No he podido alquilar una cabina pero lo agradezco, uno se empeña en hacerlo todo tan bien que se pierde muchas cosas buenas por ese insoportable perfeccionismo.

He conocido en el barco a un arquitecto español que ha atravesado Marruecos y Mauritania y justo ayer decidió que quería venir hacia Casamance. Hemos hablado de budismo, sentía que tenía que hablar de eso con él y parece que la intuición funcionó. Medita hace años y siguió a algunos maestros que provenían de Thailandia, terminamos hablando de aquel país y me invitó a unos plátanos y a unas naranjas. Yo le recomendé Phra Farang, el libro que me leí hace unos años en Bangkok y él me dio consejos maravillosos de los que no salen en los libros.

Seguimos con las coincidencias, luego él se encontró con una pareja que había conocido en la frontera de Mauritania, él es medio mauritano y medio senegalés pero ha vivido en Barcelona estos años y ella es francesa, van a comenzar a vivir juntos en París y este viaje es algo así como su luna de miel. La chica es cooperante y estuvimos hablando de como se ha deteriorado la situación en Mauritania (ella había vivido allí unos años), parece que la cosa no sólo tiene que ver con Al Quaeda sino con la autopista fantástica que cruza el Sahara y el uso que todos los amantes de la economía creativa le están dando. Lo mejor de los viajes son las personas.

He conocido a varias increíbles estos días: Pablo, Aristide, Cheik, Salva, Olga, Marco, Daniela. Cooperantes, guías, aventureros, empresarios. Todos con un fino humor y con una fortaleza increíble. Los días han pasado muy rápido, trato de quedarme con algunas imágenes en la memoria:

Una conversación en un escenario digno de una película de Wim Wenders: de noche, en el jardín de una restaurante que daba a la playa, al lado de un parque de atracciones y con los aviones pasando justo por encima camino del cercano aeropuerto, una noche en África, pero nada parecida a las de Mogambo, sin ningún glamour, mosquitos, prostitutas en la playa, mucha cerveza, poca comida, una gente fabulosa.

Ver como desembarcaban el pescado en una playa de Yoff, las olas, las piraguas gigantes (los mismos cayucos en los que han muerto tantos chicos) no hice ni una sola foto, me lo quedo para toda la vida.

Pasar junto a una favela situada entre Baobabs rodeados de basura, y saber que ya nunca volverás a ser el mismo. Qué terrible, lo extraño es que no te asalten en cada esquina, todo lo contrario, he encontrado a una gente amabilísima (pesados, preguntones y listillos aparte) como esa señora mayor que me vendió una cerveza en el puerto y que me a mi me recordaba a las señoras de mi barrio en Canarias.

Bañarme en una playa mientras un chico bañaba a su rebaño de cabras y recordar a mi bisabuelo: Eusebio Cabrera, un cabrero de Lanzarote: africano, sabio, descreido. Con qué cuidado bañaba el chiquillo a cada cabrita, me dieron ganas de decirle que me frotara también a mi un poquito.

La isla de Gorée, podría vivir allí, que maravilla, ¡mamá te encantaría! Me recordó a Cartagena de Indias en Colombia. (Escribí en el cuaderno: “respiro esta libertad africana que Albert Camus me enseñó cuando era chico”.) Lloré en la Maison des Esclaves, vi esa última puerta que cruzaban los esclavos, donde Mandela lloró tanto, aquellas pequeñas habitaciones en las que los hacinaban, cuánto dolor siente uno, y con cuánta fuerza sale.

No he hecho demasiadas fotos, los primeros días estaba bastante atontado, creo que hoy he comenzado a respirar de otra forma. Menos mal que traje la lomo, porque en algunos sitios es lo único que me atrevo a sacar. Ir sólo y empuñar tu flamante reflex es convertirte en una diana con luces de colores. Lo intenté algunas veces en Dakar y me pasé a la lomo y a otra cámara digital pequeña que tengo por aburrimiento.

Poco a poco me iré armando de valor, pero hay que tener cuidado, sobre todo en Dakar, me da la impresión de que el sur será muy distinto, más parecido a Thailandia donde realmente me sentía muy cómodo haciendo fotos todo el rato.

Dakar es una ciudad caótica y tienes que estar atento, pero es un sitio fantástico para tomarle el pulso al país. Como en tantos otros sitios las diferencias de poder adquisitivo impresionan: tú con tu telefonito sencillo de los viajes y llaman al de al lado y se saca un iPhone, no pasa un rato sin que veas un coche de lujo y sólo hace falta darse un paseo por la Corniche para quedarse alucinado con las casas de lujo. Si uno lo piensa, esto es ideal para darse cuenta muy rápido de como es el mundo en el que vivimos.

Ayer vi una excelente exhibición de arte contemporáneo (TGD8, Collective Artistes Plasticiens), llegué por la mañana cuando la estaban terminado de montar pero me dejaron pasar y hablé un momento con Igor Denegri, uno de los organizadores. Sinceramente es una de las mejores exposiciones que he visto este año, hay piezas que hubiera comprado sobre la marcha, salí con otra luz, que maravilla es el arte, cómo te cambia, cómo te ilumina.

Voy a leer un poco el libro de Barley al lado de esta señora que me ha tocado de compañera de butaca. Debe ser la versión en negro y de casi dos metros y más de cien kilos de mi tía-abuela Calixta. Mándenle un beso los que la conozcan y lean esto, yo creo que a ella le encantaría el vestido que lleva, diría que hasta le he visto uno parecido. De vez en cuando la señora me mira y se me rie con esos dientes blancos gigantes, y yo le sonrío de vuelta.

Estoy en casa.

(Esto lo escribi la noche del 29 en el Barco hacia Casamance; es maravillosa esta region; un paraiso; hoy estoy en Oussouye y ahora iremos hacia Mlomp; luego a Elinkine y dormiremos en Karabane.)

Kasumay

(3 de enero de 2010)

En Cachouane, Casamance, Senegal, con Lissa

En África hay que armarse de paciencia. Uno tiene que aprender a retirarse a sí mismo mientras mantiene el tipo y la sonrisa. Aquí los tiempos son distintos y los saludos interminables. Lo que nosotros solucionamos con un breve y seco “hola”, a ellos puede ocuparles cinco minutos (por ponernos optimistas).

En Diola, que es la lengua del pueblo del mismo nombre, mayoritario en Casamance, el ritual transcurre de la siguiente forma:

  • a. Kasumay (¿tienes paz?)
  • b. Kasumay valé (paz tengo)
  • a. Aubay? (De dónde vienes? / De dónde eres?)
  • b. Inyee Barcelona (Vengo de Barcelona / Soy de Barcelona)
  • a. Katabo? (Cómo está la gente de ahí?)
  • b. Conbukubo (Están bien)
  • a. Budukane? (Cómo estás?)
  • b. Kasumay vale (paz tengo) Aubudukane? (Y tú como estás?)
  • a. Kasumay vale (paz tengo)

Este diálogo se puede continuar de muchísimas maneras, se pueden incluir por ejemplo otras preguntas como éstas:

  • a. Bañila bu bubukane? (¿Cómo están los niños?)
  • b. Conbukubo (Están en casa. Esto significa que están bien.)

  • a. Kayaibú? (¿Cómo te llamas?)
  • b. (Inyee) Kayaom Tomy ((yo) me llamo Tomy)

Para completar, se puede volver al Kasumay inicial y entonces, con toda la energía renovada es posible comenzar un segundo diálogo con preguntas parecidas, chistes y anécdotas varias.

Me imagino que situaciones y ceremonias semejantes eran muy frecuentes en Europa hace no tanto tiempo, verlas aquí en directo es un placer.

[“Diola” se pronuncia “Yola”, según mi versión y “Joola” según Benjamin, pero cada vez que le digo que vuelva a repetirlo yo escucho “Yola”. Entiéndase que la transcripción fonética del diálogo anterior es mía y que muy probablemente no será fidedigna. El Diola además tiene muchísimas variaciones.]

Escribo este texto en Cachoaune, a la sombra, apoyado en una mesa de madera de teca, mirando el río Casamance, con una avispa negra African-size merodeándome y con una niña de unos cuatro años que se llama Lissa colgando de mi cuello (bueno, en realidad no para de moverse: también se pone a apretar las teclas del portatil, a ver mis libros, a cambiar de sitio los papelitos que tengo en la moleskine, y todo por supuesto sin separarse ni un centímetro de mí. Me dan ganas de tener niños y todo).

[La foto que encabeza el texto la ha hecho Benjamin]

Ahora he dejado a Lissa entretenida pintando patitos y casitas en la moleskine y puedo seguir escribiendo. (Intento no molestarme con el hecho de que escribe en cualquier parte e incluso tacha algunas cosas que yo he escrito, esto me recuerda al comienzo de Justine de Durrell, siempre te agradeceré Miguel, que me hayas regalado aquella edición preciosa en inglés).

Han pasado muchas cosas (en África siempre pasan cosas, ya lo sabían los romanos que incluso tenían una frase hecha, tomo la cita del libro de Barley: Quid novum semper est Africa?), he estado también un poco malo del estómago y la noche de fin de año me retiré pronto. Me he repuesto muy rápido, no sé si por las medicinas occidentales o por un zumo de baobab que me recomendó Benjamin.

No he presentado a Benjamin Sambou, mi amigo y guía por la Casamance.

Benjamin es profesor de secundaria y en los ratos libres orientador de blanquitos despistados, tiene un año más que yo, 34, y acaba de casarse (bastante tarde para ser senegalés). Es licenciado en filología hispánica y habla por tanto un impecable español que comenzó a aprender de niño con los monjes escolapios, que tienen una misión por aquí. Tiene además conocimientos de lingüistica africana (estudió algo de esto también en la universidad) y es un placer hablar con él de las diferentes lenguas de la zona.

Nos hemos hecho amigos muy pronto y discutimos todo el rato, de forma muy amigable y sana, sobre política y religión (él es católico practicante y participa activamente en la iglesia de Oussouye con su mujer que también es católica). Ha sido una enorme suerte encontrarlo.

Estos días no he podido escribir mucho porque no tenía batería en el portátil (al final, la vida es eso que pasa mientras te vas creando dependencias). Por otra parte, en la isla en la que estaba no encontré conexión a internet.

La historia, se había detenido en el barco hacia Ziguinchor…

El viaje en barco se me pasó rapidamente, pude dormir un buen rato, me desperté a las tres de la mañana y subí a la cubierta superior donde me recosté otro rato en un banco, me desperté con el viento y volví al interior para terminar de despertarme antes del amanecer, justo cuando nos acercábamos a la desembocadura del río Casamance. Fue un verdadero espectáculo, el sol saliendo y todos los que estábamos despiertos, de todos los colores y religiones fascinados con el amanecer. Comenzaron luego a aparecer delfines, que saltaban y jugaban entre ellos y con las olas que producía el barco, y aquello entonces se convirtió en una fiesta. Con qué poco nos contentamos y qué bonito es que sea así.

[Estoy perdido, Lissa ha vuelto al ataque y además ha descubierto como poner mayúsculas, las activa y las desactiva y se rie, además se le han unido unos cuatro o cinco compañeros de varias edades y aquí estoy tratando de entenderlos con mi francés pésimo y mi diola de tres o cuatro palabras. Terminaré este texto en la habitación, ahora voy a jugar con ellos un poco mientras espero la comida.]

Al llegar a Ziguinchor me despedí de mi amigo arquitecto y cogí un taxi hasta la gare routiere, (la estación que encuentras a las afueras de cualquier pueblo que se precie, y que contiene todo lo que pueda moverse y te desplaze a cualquier sitio), una vez allí el taxista me ayudó amablemente a encontrar un sept-place con destino a Ousouyee.

[Los sept-place son peugeots 504 de siete plazas del año del cólera. El funcionamiento del servicio es sencillo (Muy parecido al que había visto en Tunez, aunque allí eran pequeñas furgonetas), se reúne la gente que quiere ir a un sitio y cuando se llena, se pone en marcha el invento.]

Tras que me quisieran cambiar de coche varias veces (soy blanco y tonto, y esto significa más dinero), y haber visto mi mochila zarandeada de un lugar a otro, el sept-place se llenó y nos pusimos en marcha atravesando un paisaje fascinante: sabana y manglares. Había militares en la carretera y nos pararon brevemente en un control, proseguimos la marcha y el conductor casi se pasa del pueblo en el que yo quería bajarme, me dejó en las afueras pero afortunadamente mucho más cerca del lugar en el que iba a quedarme.

Comenzar a dar pasos por un camino rural africano por primera vez en la vida, sin saber muy bien hacia donde vas, y con la fé puesta en que has entendido medianamente bien a la persona que te ha dado las indicaciones en francés hace unos minutos, es una de esas cosas que hay que hacer en la vida.

Mi destino era el Campement Emanaye hasta el que me acompañó una niña de unos quince años que me encontré por el camino. No tenía monedas y le di un billete de mil francos (un euro y cincuenta céntimos) en señal de agradecimiento. Se puso contentísima, no se lo creía.

[Los campements villageois son alojamientos de estilo tradicional construidos y regentados por residentes locales y que reparten parte de sus beneficios con la comunidad local, funcionan desde los años setenta y pueden encontrarse incluso en lugares muy remotos de Casamance. Aunque modestos, son preciosos y están muy bien integrados con el medio: El Campement Emanaye de Oussouye es una bonita edifición de adobe y éste de cachouane es una case à impluvium con techo de madera de mangle y palmera palmira.]

Llamé a Benjamin y se paso al rato por el campement justo cuando yo iba a comer, nos presentamos y dispusimos en un momento la ruta: al día siguiente tras ver al rey de Oussouye pasaríamos por Mlomp (su pueblo natal) y luego nos dirigiríamos a Elinkine desde donde cogeríamos una piragüa hacia la isla de Carabane, dormiríamos allí una noche y al día siguiente tomaríamos una lancha hacia Cachoaune, luego haríamos a pie el camino hacia Djembering y al día siguiente utilizaríamos un coche para llegar a Cap Skiring cerca de la frontera con Guinea Bissau, desde este punto volveríamos a Ziguinchor donde nos despediríamos y yo retomaría el camino hacia Dakar.

Hemos respetado fielmente la ruta, aunque nos quedamos dos días, a petición mía y de mi estómago, en la isla de Carabane, ahora, como decía al comienzo, estamos en Cachouane en el campement Sounka donde por fin he encontrado un rato para escribir.

Nunca antes había tenido un guía que estuviera conmigo todo el día; desayunamos juntos, comemos juntos, cenamos juntos, dormimos juntos. Tengo muchas sensaciones mezcladas, hay momentos en los que me siento un viajero “elegante” del siglo XIX, por más que yo mism cargue mi mochila y la servidumbre termine en la orientación no deja de ser extraño tener a una persona todo el día a tu disposición. En un grupo esta sensación se difumina (recuerdo cuando contratamos a un tripulante para navegar por Croacia) pero cuando estás solo se crean situaciones curiosas.

Hay momentos en los que siento que me terminaría acostumbrando a la gente, a este paisaje, a este calor, a esta humedad. Esta tierra te atrapa por más que todo te recuerde contínuamente que literalmente no estás en tu medio. Yo no creo ser para nada un inepto ni un miedica, pero África me supera. Una cooperante me lo resumió de esta forma:

– Puedes manejarte aquí. Vamos, que aprenderás a desplazarte, a comprar y a hacer todas esas cosas básicas y no tan básicas que necesitamos para sobrevivir. Lo pasarás mal y bien como en cualquier otro sitio, y aprenderás mucho, pero olvídate, no vas a acostumbrarte. No conozco a nadie que lo haya hecho.

Quizás exageraba, pero siento que sus palabras expresan una verdad, aunque sea con minúsculas.

[Vas cruzándote con muchísimas personas y no te da tiempo de incluirlas a todas en lo que escribes. Un abrazo grande para el grupo que me encontré en el hotel cap ouest: Enrique, Chencho, Isabel, María del Mar… otro para el grupo de amigos catalanes con los que coincidí en un cibercafé en Oussouye. Un beso enorme a María y a su padre Fernando, grandes viajeros, no dejamos de recomendarnos libros en aquel desayuno del Hotel Carabane. No recuerdo el nombre de la madre de María, un abrazo también para ella y para Araceli y todas las chicas de la ONG que estaban en la isla de Carabane, había otro chico catalán encantador que no recuerdo como se llamaba.]

Publico este texto desde Cap Skiring cerca de la frontera de Guinea Bissau, comienzo mi vuelta al norte mañana.

When you pop, you can’t stop

(6 de enero de 2010)

En Cachouane, el lavabo del *campement* Sounka

Volví de Casamance a Dakar en autobus, atravesando Gambia. Un viaje de quince horas.

Nos despertamos en Cap Skirring antes de las seis y fuimos en sept-place hasta Ziguinchor, desde la ciudad tomamos un taxi hacia el aeropuerto. Nos habían dicho que había una plaza en un vuelo.

Era lunes y la ciudad arrancaba, mercados abiertos, ajetreo de coches y motos, legiones de niños y adolescentes yendo al colegio y al liceo. Todo envuelto en una luz preciosa que me mantenía pegado a la ventana del taxi mientras atravesábamos primero el tumulto de la ciudad, y luego una larga avenida de tierra flanqueada por ceibas inmensos.

No había billete, decidí volver por carretera.

En la gare routiere de Ziguinchor se respiraba miseria. Me fijé durante un rato en un chico prácticamente desnudo, tenía todo el cuerpo cubierto por un polvo gris e iba de un lado para otro pidiendo; en un momento alguien le dio un cigarro y comenzó a fumárselo mirando al infinito, no había nada en sus ojos; no puedo imaginar qué sentiría. Se me acercó un niño envuelto en un trozo de tela muy sucia que en una vida anterior había sido una camiseta del barça, era de la etnia Pular. Viven todos juntos en algún chamizo, y el resto de la historia es de las que hemos leído en las novelas de Charles Dickens, los extorsionan, les pegan si no llegan a casa con dinero.

Sinceramente te dan muchas ganas de llorar, pero llorarías tanto que tendría que pararse el mundo.

Llegamos demasiado tarde para que me fuera en un sept-place, pero luego milagrosamente apareció un autobus.

La gente se tiraba contra el vehículo, trataba de subirse y ocupar un sitio. Hubo una extraña peregrinación de personas persiguiéndolo por toda la estación hasta que se detuvo. Luego comenzó la toma de la Bastilla. Benjamin negoció mi plaza y me presentó a un amigo suyo que también iba a Dakar: militar, católico, de unos cuarenta y cinco años. Viajé a su lado.

Me despedí de Benjamin con un abrazo muy fuerte, es un gran tipo, siento que volveremos a vernos.

En un autobús de cuarenta plazas metieron a más de sesenta, y en el techo el equipaje: maletas, sacos, bidones con vaya usted a saber que. Extrañé que subieran unas cabritas y unas gallinas, pero no hubo suerte. En cualquier caso, no íbamos demasiado apretados, he visto autobuses más llenos.

Estaba en la última fila, junto al amigo de Benjamin. A mi derecha viajó una chica con una niña sobre sus piernas, a su lado su marido (eran de la tribu Fula, el chico trabaja en un pueblo de Catalunya y fuimos hablando todo el rato). Al lado de éste chico se sentaban, uno sobre otro, dos adolescentes que eran los que se encargaban de cargar y descargar las maletas, un tercero iba tirado en el suelo en el espacio en el que nosotros apoyábamos los pies; había dos opciones, que él durmiera sobre tus pies o que le pisaras. Ninguna de las dos posiciones parecía disgustarle demasiado y durante un buen rato durmió como un bendito.

No quiero transmitir una imagen dramática, estaba de muy buen humor, observando todo con mucha atención y disfrutando de un homenaje a Bob Marley grabado de la radio (me di cuenta de este detalle la tercera vez que lo pusieron), el locutor comentaba las letras y luego cantaba en inglés con un acento francés muy marcado. De vez en cuando decía: ¡Brother Bob Marley!

Aquí los coches puede que estén muy destartalados, pero el radiocasete funciona que da gusto, probablemente como los speakers que vienen de serie no tienen (en términos africanos) la potencia adecuada, los han cambiado por unos mayores, como era el caso. Y lo sé porque yo lo tenía justo detrás de mi cabeza.

Veo gran futuro en la industria del tunning en África, aunque debería decir pasado, porque lo raro es que veas un coche que no tenga algo pintado o modificado.

Desde Ziguinchor hasta la frontera con Gambia hay una estrecha carretera de dos carriles, cada varios kilómetros hay militares apostados, pude contar dos tanques.

Suena a película de vaqueros, pero no es para tanto. Mucha gente con la que he hablado en Casamance me ha dicho que las cosas están mucho mejor que antes (la típica expresión desconcertante, porque tú no estuviste antes). Una cooperante alemana me comentó sin embargo que ella está viendo cosas que no había visto (y lleva en la zona desde los noventa), un bandidaje más agresivo. Yo no noté nada especial, lo más peligroso que me pasó fue que pisé un sapo muy grande y me dio mucho miedo, y luego en el autobus de vuelta temí que una señora con el culo muy gordo (muy gordo en serio) se me callera encima.

[El conflicto entre el gobierno y el Mouvement des Forces Démocratiques de la Casamance (MFDC) lleva casi treinta años en activo. Comenzó tras una manifestación independentista en Ziguinchor en 1982 en la que fueron detenidos y encarcelados los líderes del MFDC. Esta zona tiene una larga historia de resistencia que comienza en la época colonial, los franceses eran incapaces de controlar la sociedad Diola porque no es nada jerárquica y tiene un fuerte sentimiento identitario. La última rebelión, en 1943, estuvo encabezada por Aline Sitoe Diatta una sacerdotisa tradicional que fue detenida y encarcelada en Tombuctú (Mali), donde moriría más tarde. Hoy en día muchos colegios, tiendas e incluso el ferry que viene desde Dakar llevan el nombre de esta mujer.]

El autobús se iba parando cada rato y se subían señoras a vender cacahuetes, plátanos, naranjas y otra fruta de la que no recuerdo el nombre pero que sabía a rayos. (Me invitaron y me tuve que comer una con cara de: ¡mmmm, qué bueno!)

Llegamos a Gambia, se terminó la carretera y comenzaron los controles contínuos de la policía. Aquí entro en juego el amigo militar de Benjamin que me trató como a un hijo, se empeñaba en acompañarme a los controles o incluso ir directamente en mi nombre, que fue lo que hizo la mayor parte de las veces. En un momento desapareción con mi pasaporte y lo trajo de vuelta sellado. De regalo traía carne a la brasa envuelta en un papel e insistió en que me comiera más de la mitad. No hay quien mantenga la dieta en estos viajes, lo que es la vida moderna.

Tengo tantas anécdotas y recuerdos de este viaje por carretera que creo que las narraré en dos partes, además se me han quedado por el camino muchas otras historias: la visita al rey de Oussuye, los días en la isla de Carabane, una caminata por la sabana hasta Djembering…

Llevo dos días en Yoff, cerca de Dakar, disfrutando de la playa, de la comida, de las puestas de sol. Esta tarde ire a la Universidad Cheik Anta Diop a entrevistar a Alex Corenthin, un pionero de internet en Senegal. Mañana muy temprano ire hacia el norte, hasta Saint Louis, con muy poco equipaje. Quiero aprender a viajar sin nada, con las manos en los bolsillos, o al menos en la modalidad de mi hermano Jonay, que venía muchas veces a visitarme a Londres desde el norte de Inglaterra y lo traía todo en una bolsa del supermercado.

Algo me ha pasado en los fusibles tras cruzar Gambia, no consigo que se me quite la sonrisa de la cara, creo que nunca en mi vida había estado de tan buen humor. Empiezo a moverme de otra forma, con muchísima comodidad, con calma.

Siento que estar en África me ha devuelto a una persona que había perdido hace mucho tiempo, me he vuelto a reencontrar conmigo.

Cuánto tiempo pierde uno creándose enemistades imaginarias, criticando a los otros, envidiando, mintiendo. De qué poco sirve. Con lo bonito que es abrir los ojos por la mañana en este mundo y ver a tu lado a la persona a la que amas, poder hablar con un hermano, acariciarle la cabeza a un niño y que te mire sonriendo, compartir un atardecer con unos amigos. Todo eso es gratis y pasa delante de nuestras narices mientras nosotros estamos haciendo complejos cálculos sobre que pensaran los otros o nos cogemos una depresión porque no tenemos la última versión del último cacharro.

Y no es que vaya a volver a Barcelona descalzo o que vaya a tirar este ordenador portátil desde el que escribo, pero creo que ha llegado el momento de poner las cosas en su sitio.

Los quiero mucho, gracias por leer esto.

Toubab

(9 de enero de 2010)

Una niña en Djembering, Casamance, Senegal

“Toubab” is a Central and West African name for a person of European, North African or Middle-Eastern descent (“whites”). Used most frequently in the Gambia, Senegal, and Mali, the term does not have derogatory connotations by itself, though it is also frequently associated with “wealthy traveller” (if one can afford to travel, then he/she must be rich). (Toubab, Wikipedia)

Esta preciosa niña es de Djembering en Casamance, se acercó a saludarnos cuando entramos en su pueblo, al que llegamos caminando desde Cachouane.

Sólo han pasado unos días y me parecen semanas. Despúes de Casamance estuve en Yoff como ya comenté, y finalmente tuve la suerte de entrevistar a Alex Corenthin (uno de los pioneros de Internet en África) en la Universidad Cheikh anta diop de Dakar. A la mañana siguiente de la entrevista tomé un sept-place hasta Saint-Louis, en la frontera con Mauritania, y allí he pasado estos últimos días de mi primer viaje a Senegal.

Estoy bastante cansado, sentado en la cama con el portatil en las rodillas y mirando el mar por la ventana. (De nuevo en el Hotel Cap Ouest, que parece haberse convertido en mi base en el país.)

Hay muchas cosas que no he contado de este viaje, pero pretendo hacerlo en sucesivas notas. Ya no estarán escritas desde el terreno, pero no quiero dejar de reflejar en palabras las experiencias que he tenido y las cosas que he pensado. Tengo la sensación de que perderé algo si no lo hago.

Hace dos noches estaba tomándome una cerveza en el Club Flamingo, y mientras miraba distraidamente el paso del río Senegal bajo el puente que une la isla de Saint-Louis con la península, me dije a mi mismo: ¡Qué bueno, estoy aquí!

Hace años que quería ir a Saint-Louis. Creo recordar que después de ver unas fotografías aereas tuve una corazonada muy fuerte: tenía que ir a ese sitio. Compré una guía del oeste africano, hice planes, pero al final lo fui dejando de lado.

Hay algo poderoso en los deseos, en los sueños, algunos no se borran y nos obligan a hacerlos realidad. Es cierto que hay espejismos, pero también es cierto que es magnífico encontrar un oasis tras atravesar el desierto.

Si no has cruzado el desierto un oasis no es más que un jardín aburrido, pero si te has esforzado, es un destino cumplido, una recompensa.

Yo no me voy a poner muy interesante porque con la Visa en el bolsillo las aventuras no lo son tanto, por más que uno se empeñe en narrarlas como si fueran grandes hazañas. Pero en mi escala humilde de viajero junior, me siento muy reconfortado habiendo visitado por fin la ciudad con la que tanto había soñado.

En Saint-Louis reflexioné sobre la fuerza que obtenemos de sentir que algo es posible. A veces siento, que una simple pregunta que me hizo un amigo de Milán que estaba de paso por Tenerife, me cambió la vida: ¿Dónde vas a estar el próximo año? Bebíamos vino en la cocina de un piso que él compartía con dos chicas, y yo le respondí cualquier cosa. Luego no dejé de rumiar esa simple pregunta que unía tiempo y espacio (dónde/cuándo) y que me llenó de dudas. Existía la posibilidad de marcharse, de estar en otros sitios, en otros países, podía coger uno un mapa del mundo, elegir un punto, y aparecer allí, como en Star Trek. Esta posibilidad te fortalece, y también te reta.

Yo no soy un experto en la materia, pero parece que estar seguro de algo te aporta una fuerza enorme. Recuerdo que cuando era niño y no sabía nadar, mi madre me ponía unos manguitos hinchables de un color naranja chillón. Un día me tiré al agua sin hincharlos y nadé sin ningún problema hasta que mi madre dijo: Qué bien Tomy, puedes nadar sin manguitos, los tienes desinflados. Evidentemente luego me hundí hasta el fondo de la piscina y tuvieron que rescatarme.

La vida a veces es muy dura y nos pone en frente de situaciones que no provocamos, y que obviamente no esperamos, que nos hacen mucho daño. Sin embargo, cuando observo mi corta vida en perspectiva, me doy cuenta de que muchos problemas que he tenido los he generado yo mismo al negarme a avanzar, auto-negándome: no puedes hacer esto, no puedes hacer lo otro, eso es imposible, no lo vas a conseguir…

Vine a África porque sentía que se había terminado una época de mi vida, y sinceramente no sabía por donde continuar, y no me voy de África con la piedra filosofal, ni con la solución al calentamiento global, a la guerra, a la miseria o a la estupidez. Pero estoy muy feliz, y con muchísimas ganas de hacer cosas y aprovechar el precioso tiempo que voy a pasar en este planeta tan hermoso, en el que han vivido nuestros padres y vivirán luego nuestros hijos.

En un rato vuelo hacia Casablanca, donde hago escala durante unas horas antes de tomar otro avión hacia Barcelona.

Estos días he visto a muchos chicos mirando el mar, sentados en la playa durante horas enfrentándose al horizonte. Yo hacía eso en Tenerife, lo sigo haciendo en Barcelona, y me siento muy afortunado y muy agradecido porque he cumplido muchos de mis sueños y he tenido la suerte de coincidir con gente maravillosa que me ha hecho muy feliz. Me gustaría despedirme de este país con el deseo enorme de que estos chicos que he visto estos días mirando hacia el atlántico también cumplan sus sueños.

Me voy a la playa, un abrazo enorme.

El hombre que no quería reinar

(11 de enero de 2010)

Rey de Oussuye, Casamance - Senegal

Este señor de la foto es un rey africano (y decir lo último sobra, porque desde luego que no tiene ninguna pinta de rey sueco). Más concretamente, es el monarca de Oussouye y otros nueve pueblos cercanos, en el sur de Casamance, Senegal.

Nigel Barley, el antropólogo inglés autor del libro que no he parado de recomendar este viaje, comentaba que uno de esos extraños privilegios de ser antropólogo es que puedes permitirte decir cosas como: “¡Llevadme ante vuestro rey!”. Yo no soy antropólogo, pero recordé la frase cuando Benjamin propuso que fuéramos a ver al monarca de Oussouye.

Visitar a un rey exige un cierto protocolo, primero tratas de concertar la cita con los cortesanos, si éstos te aceptan, tras el pago del “impuesto real-revolucionario”, tienes el privilegio de que te reciba en su palacio.

Pongámonos en contexto: los cortesanos eran unos hombres de unos cincuentas años, con camisas de flores y gafas de sol, y estaban sentados en un muro cerca de la gare routiere de Oussouye. Me parecieron una curiosa combinación de señores de pueblo y agentes de una operación encubierta de “Corrupción en Miami”. Pensaba en eso mientras me miraban de arriba a abajo, hubo química, y me permitieron ver al monarca. (Me temo que a este rey lo termina viendo todo quisque, pero el protocolo es el protocolo). El palacio es una zona boscosa en la que tiene su choza, vive solo.

Caminamos unos metros por la selva, llegamos a un claro y nos invitaron a sentarnos en unos troncos envueltos con un plástico azul (la realeza siempre tiene estos detalles). Allí esperamos.

Uno de los cortesanos de camisa floreada apareció con un pequeño taburete de madera y tras él se desplazaba el majestuoso rey ataviado con una preciosa túnica roja. En su mano, el cetro.

Una vez que el rey se sentó, comenzó el diálogo. Mi diola no da para mucho, por lo que tras el saludo recurrí a los servicios de traducción simultánea español-diola/diola-español del señor Benjamin Sambou. Esto contribuyó notablemente a que la situación fuera más divertida.

–Benjamin, dile al rey que le agradezco mucho que nos haya recibido. (Benjamin traducía, yo observaba con cara seria a lo Livingstone, supongo, y el rey nos daba un discurso que era también traducido.)

¿Qué le pregunta uno a un rey? Mi amigo me había orientado y creo que mantuvimos entre los tres un interesante diálogo. Es un gran hombre.

–Benjamin, pregúntale al rey si es feliz.

El rey antes de ser rey trabajaba en la hostelería (en los resorts franceses de la costa), y extrañaba esa época en la que ganaba algo de dinero y podía actuar y desplazarse libremente.

Ahora no puede ir en coche, por lo que si tiene algún acto en un pueblo tiene que recorrer esa distancia a pie (con toda la pompa que uno puede imaginarse). No puede salir del palacio, y si por ejemplo, quiere ver a un amigo, tiene que hacerlo llamar (–¡Que me traigan a Manolo!). Tiene dos mujeres, que lo visitan por turnos. (Aunque ya estaba felizmente casado, tras su nombramiento contrajo de nuevo matrimonio para que su nueva esposa pudiera ser reina.) Y así una larga lista de normas y protocolos.

Oficio duro el de rey de Oussouye. (El cargo es vitalicio).

[Ya habíamos comentado que la tribu Diola no es nada jerárquica, hay reyes pero nunca han mandado demasiado. Dan bendiciones y participan en actos protocolarios, pero poco más. Los reinados se van turnando entre familias. No me extiendo porque no me he documentado lo suficiente. Si alguien tiene más información sería un lujo que la compartiera en los comentarios.]

Tras visitar al rey volvimos a la gare routiere y alquilamos un taxi para que nos llevara hasta Elinkine, pasamos antes por Mlomp, un pequeño pueblo en el que no hay ni electricidad ni agua corriente.

Mlomp es el pueblo en el que nació Benjamin por lo que la visita consistió en ir parándose cada dos metros y mantener conversaciones en Diola. (Yo las traducía mentalmente al canario: mijo! cómo estás? tu mujer? tu madre? ya nunca vienes!). Tuve tiempo para despistarme y hacer algunas fotos de los maravillosos árboles que hay en la zona.

Los árboles africanos son impresionantes. Me moría de ganas de ver un Baobab, desde que de niño me leí El principito. Son increíbles, aunque lo que más me ha impresionado en este viaje son los Ceibas. Se siente uno pequeño en África, la naturaleza es poderosa, hay una fuerza que no entiendes, a la que no estás acostumbrado.

Una noche di un corto paseo y me quedé mirando hacia la selva bajo la luna y las estrellas, escuchando a los animales y a los insectos, oliendo todo lo que podía, sintiendo el calor y la humedad. Llegué caminando hasta una valla que en mi cabeza se convirtió en una frontera. Estaba a un paso de algo intenso, oscuro, fuerte, para lo que no estaba aún preparado. En el borde de algo nuevo. Volví con el rabo entre las piernas a la luz del campamento, pero reconfortado por lo que había sentido.

Tras la visita a Mlomp nos encaminamos a Elinkine, Llegamos al mediodía. Elinkine es un pequeño pueblo de pescadores en el que hay mucha gente de Ghana. Los senegales no pescan rayas y tiburones y los ghanienses sí. En Casamance (que yo sepa) hay dos poblaciones pesqueras en las que la mayoría de la población ha inmigrado desde aquel país, y se dedica a la pesca de estos animalitos. Elinkine, además, ha sido el punto de partida de muchos de los cayucos que, –si no se hundían–, arribaban a la costa canaria llenos de jóvenes huyendo de la impotencia. Me sentí mal al marcharme de esa playa, qué tristeza. Lo desesperado que tiene que estar uno para pagar una millonada y meterse en un frágil barco con destino incierto. (No puedo dejar de pensar en las semejanzas entre los barcos llenos de esclavos de hace medio milenio y estas barcazas que se hacen a la mar con jóvenes llenos de vida.)

Días después, en Saint-Louis, conocí a un joven pescador que había cruzado a España y estaba de vuelta, repatriado supongo.

Hay que estar en aquella playa llena de mierda, de pescado putrefacto y ratas muertas; con niños descalzos, apenas vestidos, escarbando en la basura y jugando en medio de un hedor insoportable, y visitar luego el sitio en el que viven estos jóvenes pescadores y escuchar en qué consiste su trabajo diario y cuánto les pagan, para entender (de lejos y en tu burbuja protectora) lo que es la desesperación. Admirarás toda la vida su dignidad y su nobleza.

[Escribo este párrafo un poco duro para recordar lo que he vivido. Las fotos no huelen.]

Esto lo escribí esta mañana en el aeropuerto de Casablanca, oyendo una maravillosa recopilación de tangos de Roberto Goyeneche que publicó el diario Clarín en 2005.

Los humanos somos capaces de crear maravillas, y aunque esto no es ninguna garantía (muchos nazis eran excelentes ingenieros, señores cultísimos y sensibles melómanos), sueño con un mundo mejor y trato de pensar cada día en qué puedo hacer yo para que sea posible.

Ya estoy en casa, comienza ahora el viaje por la vida cotidiana.

(Muchísimas gracias a todos por los comentarios de estos días, es un honor tener amigos como ustedes.)

Pelluz es el cuaderno de notas de Tomy Pelluz.

Hello World!

En 2002 comencé mi primer blog. Lo monté en Blogger un año antes de que Google comprará Pyra Labs. Recuerdo la emoción con la que descubrí y empecé a utilizar las Template Tags. Había algo en aquella documentación tan básica de Blogger que transmitía honestidad. Curiosamente, me ha pasado lo mismo leyendo la de Jekyll.

Nunca escribí mucho, tener un blog era principalmente una excusa para comprender mejor la tecnología (o eso digo ahora para quedar bien). Creo que en ese momento casi todo el mundo que pululaba por la red tenía un blog o un artefacto similar. Antes habíamos tenido páginas personales (¡Gracias por visita mi página web!) o aquella cosa tan bonita que se podía construir en Geocities.

Como el primer blog fue un absoluto éxito (conseguí que me leyeran entre 3 y 4 personas incluyendo a mi madre), lo cerré y abrí otro, también utilizando Blogger. Tuvo un éxito parecido y empecé a darme cuenta de que realmente me tenía que dedicar a esto.

Más adelante descubrí Wordpress, compré este dominio, importé el contenido de los blogs anteriores al nuevo y ahí seguí escribiendo hasta el año pasado.

Wordpress me maravillaba, le proponía a todo el mundo que lo usara y si no los convencía les montaba uno en mi servidor. Es curioso, soy ateo, pero cuando se trata de hacer proseletismo tecnológico puedo ser insufrible.

Esta vez he decidido empezar desde cero (o casi). Doce años de blog, son muchos años y ya no me sentía identificado con algunas de las cosas que escribí en todo ese tiempo. Solo he conservado unas notas de un Viaje por Senegal del blog anterior.

Es bueno ir cerrando etapas. Al menos eso aseguran todas las revistas que encuentras en los dentistas y las peluquerías.

Pelluz es el cuaderno de notas de Tomy Pelluz.